Los colores del cine en la literatura

¿Qué pasa cuando, como lector, te topas con una buena idea, pero con deficiente ejecución? He de reconocer que la cuestión me ha robado cierto sueño. Ese malestar, enfado o frustración que genera leer aquello que promete y no se da es como un picor que hay que aguantar durante un rato porque, da igual cuánto rasques la epidermis, viene de dentro. Eso sí, luego el castigo al libro puede durar toda la vida. De adolescente tenía una estantería en mi habitación adonde iban todas las novelas que me habían decepcionado, usualmente porque tenían un final lejano al “fueron felices y comieron perdices”. Eran épocas juveniles, en las que repetía que no iba a perder tiempo leyendo sobre miserias ajenas porque suficiente tenía con las mías. En aquel entonces el picor devenía rozadura en carne viva.

Los años han suavizado tal inquina e incluso ha desaparecido el estante “de pensar” en el que dejaba esos libros malvados. Pero nunca se borra la memoria del picor. Auster y El palacio de la luna es un buen ejemplo de ello. Cuando se menciona el título, brota en mi rostro la sonrisa suficiente del que sabe que embarcarse en dicha lectura es abrirse a la perfidia de una trama que promete el Paraíso, pero te deja borracho con Caronte en medio de un río agreste rodeado de acantilados insuperables.

Sin llegar a tales extremos, he de decir que las últimas dos novelas que he leído, vinculadas la una con la otra sin ser exactamente parientes, me han provocado semejantes sensaciones: desorientación, desubicación y bastantes ganas de rascarme. Me estoy refiriendo a la clásica de Lyman Frank Baum, El maravilloso Mago de Oz, y de su (supuesta) precuela por Gregory Maguire, Wicked. Memorias de una bruja mala. La primera la conseguí en una edición de Anaya Infantil y Juvenil, de la colección ‘Tus Libros Selección’, nº 72, traducción de Ana María Beaven del original The Wonderful Wizard of Oz de 1900; la segunda es de Booket (Planeta) y debe su éxito reciente a la aparición de la película homónima. Si bien Maguire la publicó como Wicked. The Life and Times of the Wicked Witch of the West en 1995, no trascendió hasta los últimos meses gracias a la mercadotecnia de Hollywood. Son fenómenos estos de retroalimentación libro-gran pantalla que ya he comentado en ocasiones anteriores (como aquí).

Así pues, ¿de dónde procede el picor actual? En parte por desconocimiento, tal vez por ignorancia o sencillamente por prejuicio. De la “novela” de Baum no me esperaba que fuera, en realidad, un cuento. Un cuento largo, pero cuento al fin y al cabo, con todos los elementos clásicos de uno de hadas. Hay una estructura clásica, con un conflicto que se tiene que superar a través de un viaje (mejor dicho, de tres, número arquetípico); personajes estereotipados, como hadas buenas, brujas malas o animales parlantes; varios símbolos de significado profundo (zapatos, coronas, cerebros y corazones, hojalata y paja, besos redentores…); una naturaleza exuberante que a veces opera a favor y a veces en contra; etcétera. Sin embargo, yo me esperaba una novela, de naturaleza juvenil, sí, pero novela al fin y al cabo, con sus protagonistas redondos, con una trama bien desarrollada y, en general, una complejidad a la altura del clásico. Primer prurito.

Ejemplos de la ingenuidad del argumento: ¿a qué viene el ataque a los protagonistas por parte de los árboles guerreros del capítulo XIX?; ¿a qué obedece la aparición del País de Porcelana Fina por el que cruzan en su viaje en busca de Glinda, la Bruja buena del Sur? Son aventuras que no tienen sentido alguno, más allá del deseo de Baum de crear un mundo mágico, extraordinario y estrafalario. Narrativamente no se justifican, pero ahí están: el cuento por el gusto del cuento, muy acorde con la mentalidad infantil, aunque de más difícil deglución para un adulto.

En realidad, el sarpullido grande viene después, con Maguire. Porque si Wicked es la precuela que pretende dar profundidad al relato de Baum, se pasa de frenada. Quiere ser tanto, tanto…, que acaba no siendo nada. La historia de la Bruja Malvada del Oeste, Elphaba de nombre, no tiene cabeza ni pies (mal chiste, teniendo en cuenta lo fácil que es perder partes del cuerpo en la novela). Le quita todo el ropaje infantil de El maravilloso Mago de Oz y lo convierte en una novela política, donde los tejemanejes carecen de sentido cuando se comparan con grandes producciones literarias de naturaleza política (Dune, por ejemplo, que analicé aquí). Pudiendo haber reivindicado a Elphaba como el Posmodernismo se empeña en hacer con numerosos malvados históricos -pienso en Joker, en Maléfica, en Darth Vader-, a medida que avanza la novela es un personaje que pierde toda credibilidad. No se entiende qué hace escondida en la Ciudad Esmeralda, cual personaje clandestino trágico de pega; cómo acaba en el palacio de Kiamo Ko, en el Vinkus; por qué se ve involucrada en las decisiones dictatoriales de su hermana Nessarose; o, en general, de qué manera se convierte en la Malvada Bruja del Oeste cuando no vive a la altura del nombre… Así es difícil empatizar con ella: la ausencia de información no la vuelve misteriosa, sino que la hace una desconocida para el lector.

Por si los desaciertos narrativos de Maguire no fueran suficientes como para restar validez a la trama, se suma que el autor no bebe del original de Baum. Al menos no directamente. O, mejor dicho, se toma una cantidad ingente de licencias respecto al original. En realidad, nos encontramos delante de la continuación en papel de una historia audiovisual: más parece la continuación de la película The Wizard of Oz de Victor Fleming, aparecida en 1939 gracias a la productora Metro Goldwyn Mayer, que del cuento de Baum.

LOS ZAPATOS DE DOROTHY

Solo de pensar en los zapatitos de Dorothy empieza el picor: «puntiagudos zapatos de plata» es como se describen la primera vez que los menciona Baum (pág. 19). De plata, no de rubís, como acabó sentenciando el método tecnicolor de la época, al cual el plateado le supo a poco. Y, sin embargo, en Maguire las cosas no son tan claras: «¿Eran plateados? ¿Azules? ¿O más bien rojos? ¿Lacados con acaramelado brillo esmalte? Era difícil decirlo, pero no importaba: el efecto era deslumbrante. […] La superficie de los zapatos parecía latir al ritmo de cientos de reflejos y refracciones. A la luz del fuego de la chimenea, era como contemplar hirvientes corpúsculos de sangre bajo una lente de aumento» (págs. 211-212). Si bien deja claro que están forrados «con cuentas plateadas de cristal», siempre se presentan más rojos que argentados. Es una prueba evidente del condicionamiento audiovisual del autor (y del lector), quienes en Wicked leen “rubí” donde Baum siempre dijo “plata”. El rizo rizado aparece en la reciente versión cinematográfica, donde los zapatos son claramente plateados…, ¡pero al mismo tiempo sacan unos estupendísimos de cuentas rojas como los de Dorothy de la Metro! ¡¿Dos pares de zapatos?! Pues sí, ya que son dos muy distintos: los del cuento y los del viejo musical.

LA PIEL VERDE DE LA BRUJA

Es más, si vamos a hablar de colores, ¿de dónde sale el verde de la piel de la Bruja Malvada del Oeste? Desde luego de Baum no, pues en ningún momento habla de ello; y, en cambio, sí de que solo tiene un ojo, que funciona cual telescopio. Sin embargo, Maguire convertirá su color epidérmico tecnicolor en el eje principal de toda la historia, hasta el punto de dejar claro que, si no hubiera sido verde, probablemente Elphaba habría gozado de una vida muy distinta. Jamás la Historia la hubiera convertido en lo que finalmente fue.

En realidad, la Bruja Malvada del Oeste no es central para Baum, teniendo en cuenta que perece en el capítulo XII cuando en la novela hay el doble, veinticuatro en total. De hecho, su papel de antagonista resulta escaso: ni más ni menos importante que el de otros oponentes, incluidas las amapolas venenosas que casi acaban con la compaña de Dorothy. Cierto, la Bruja se manifiesta como un ser maligno, pues ordena a los Monos Alados que acaben con quienes sabe que han sido enviados para acabar con ella; la manera en que estos destruyen al Espantapájaros o al Leñador de Hojalata es cruel como solo lo saben ser los cuentos de hadas. Pero también se percibe como una cobarde: «La Bruja Malvada se sorprendió y se preocupó al ver la marca sobre la frente de Dorothy, pues sabía perfectamente que ni los Monos Alados, ni ella misma, se atreverían a hacer ningún tipo de daño a la niña. Bajó la mirada a los pies de Dorothy, y al ver los zapatos de plata, empezó a temblar de miedo» (págs. 105-106). Por tanto, en absoluto estamos delante de la encarnación del Mal que nos vende la película, con la actriz Margaret Hamilton haciendo su papel hasta las últimas consecuencias. Ella popularizó el aspecto físico prototípico de una bruja: piel verde, nariz y mentón puntiagudos y verrugosos, sombrero de pico, ropajes negros, uñas afiladas y escoba en ristre.

Que su terrible poder acabe derretido cuando le arrojan un cubo de agua resulta, cuanto menos, sorprendente en la narrativa de Baum: «la Bruja Malvada se deshizo en una masa marrón, derretida y deforme, que empezó a desparramarse por las limpias tablas del suelo de la cocina. Al ver que la Bruja se había derretido de verdad, Dorothy llenó otro cubo de agua y lo echó por encima de la porquería». Y reitera la ofensa: «luego lo barrió todo hasta la puerta» (pág. 110). Sin embargo, no es el agua lo que acaba con Elphaba en manos de Maguire, o no exactamente: es la combinación de fuego y de agua (porque «el mundo se resumía en inundaciones por arriba y fuego por abajo», pág. 569), mezclado con la locura que produce la inexorabilidad del Destino: Elphaba sabía que estaba por morir, como lo sabe el lector de Wicked a poco que tenga un mínimo conocimiento de Historia del Cine.

Entonces, si tan escasamente importante es este personaje en el original, ¿por qué reivindicarlo como gran antagonista en Wicked? ¿No habría sido más interesante centrarlo en Oz, por ejemplo, el gran farsante? Ahí sí habría toda una historia… Sin embargo, Maguire ignora completamente a Oz: lo convierte en el más malvado de todos los personajes, despótico y tirano, pero lejanísimo, como un führer que gobierna a la distancia con puño de hierro. Tan a la distancia que el lector no sabe si todos los contubernios que dice vivir Elphaba no son más fruto de su mente que de la realidad, y esta tal vez es mucho menos conspirativa de lo que ella quisiera creer. Elphaba se convierte en la protagonista de Maguire porque la cultura pop ha hecho de ella una de las grandes villanas de la Historia. El Cine lo ha hecho, no la Literatura.

EL CUENTO Y LA NOVELA

Llegamos al quid de la cuestión: ¿recomiendo estas lecturas? Sí y no. Sí porque, bajo aviso, El maravilloso Mago de Oz de Baum puede resultar realmente maravilloso: un prodigio de magia e imaginación e imaginería como pocos hay entre los clásicos. A su vez, la (supuesta) precuela Wicked. Memorias de una bruja mala de Maguire es un derroche de similar fantasía. Como The Wizard of Oz de Fleming, Wicked supura maravillosos colores. Hay momentos en la narración en que la plasticidad lo impregna todo, como en esta descripción de Galinda (después, Glinda, alias Bruja buena): «los bordes biselados de sus uñas pintadas, sus pestañas del color de las mariposas nocturnas, la glaseada y pulida suavidad de sus mejillas y el delicado pliegue de la piel justo en la hendidura del labio superior» (pág. 151); o en esta escena de amor con Elphaba de protagonista: «La manta colgaba entre los dos, de la barbilla a los tobillos, pero también parecía a punto de estallar en llamas, o en rosas, o en una fuente de champán e incienso» (pág. 272). Trama rápida, prosa aceptable, lectura amena.

Y ya está. Como sucede con las florituras estetizantes del Modernismo, ninguna de las dos novelas logra ir más allá. Si eso basta, como sucede a los niños con sus cuentos de hadas, entonces se pueden recomendar ambas novelas. Pero si se pretende encontrar en ellas una clave, un impacto vital, una historia que deje huella que perdure en el tiempo, la respuesta es no. De ahí el eczema, con sus costras y escamas: una buena idea con ejecución picajosa, no picante. ¡Tanto hubiera podido salir de la combinación de todos estos ingredientes que es una lástima leer el resultado final!

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